El domingo 23 de agosto fui a pintar al Parque Federico García Lorca, en Granada. Llevaba los lienzos y las pinturas, pero todavía no había decidido dónde instalarme. No conocía todo el parque, así que caminé un rato, mirando distintos espacios hasta encontrar una escena que me apeteciera pintar.
Cuando llegué al estanque, me gustó enseguida. Había una zona tranquila, con menos gente, césped y la sombra de un árbol. Hacía calor y el día estaba muy luminoso, pero allí se sentía fresco. Me pareció un buen lugar para quedarme unas horas.

Encontrar un lugar donde estar cómodo
Instalé el caballete bajo el árbol y me quité los zapatos. Ese día pinté descalzo sobre el césped, desde alrededor de las doce hasta las seis de la tarde.


Estuve muy cómodo. La sombra y la tranquilidad del lugar me ayudaron a concentrarme y a disfrutar lo que estaba haciendo. Podía detenerme a mirar el estanque, volver a la paleta y seguir probando los colores sin sentir que tenía que resolverlo todo de inmediato.
Trabajé al óleo sobre lienzo montado en tabla, en un formato de 24 × 30 cm. Delante tenía el agua, la vegetación y los dos cipreses que terminaron organizando buena parte de la imagen.
Morado para las sombras
Quería seguir practicando los contrastes simultáneos: observar cómo cambia un color según los que tiene alrededor. Esta vez utilicé bastante morado para construir las sombras. Lo fui incorporando en los cipreses, debajo de la vegetación y en algunos reflejos.
Me gustó lo que pasaba con los verdes al ponerlos cerca de ese morado. Empezaban a tener una vibración distinta. También fui trabajando con amarillos y azules, viendo cómo se relacionaban dentro de la pintura.


Lo que más me sorprendió fue el agua. Mientras añadía un tono junto a otro, los colores del estanque empezaron a salir casi solos. No tuve que insistir demasiado en esa parte. Los reflejos y las diferencias entre las zonas del agua fueron apareciendo a medida que encontraba las mezclas.


Me quedo con eso de la sesión: a veces puedo seguir mirando antes de volver a tocar una zona. Ese día las relaciones entre los colores estaban resolviendo más de lo que esperaba.
Seguir pintando paisaje
Aunque había elegido un punto tranquilo, algunas personas pasaban y se detenían a mirar. Me felicitaban por la pintura y después continuaban su camino. Cada vez disfruto más esa parte de pintar al aire libre. Puedo recibir un comentario, agradecerlo y seguir concentrado en lo mío.


Terminé contento con la obra. Antes pensaba que el paisaje no se me daba, pero estas salidas me están haciendo cambiar de idea. Me gusta buscar una escena, probar cómo llevarla a la pintura y descubrir algo que me dé ganas de continuar.
Esta jornada de Laboratorio de Campo también me dejó otros lugares del parque en los que me gustaría detenerme a pintar. Me fui con ganas de volver.

Cuando miro este estanque pintado, recuerdo la sombra del árbol, los pies sobre el césped y lo a gusto que estuve aquel domingo.