El 31 de agosto de 2026 volví a Almuñécar para aprovechar mi último día de vacaciones. Llevaba el pequeño kit de acuarela que me había acompañado durante el mes: la caja de colores, los pinceles, los lápices y el cuaderno.
Esta vez abrí el cuaderno completo para pintar una panorámica de la costa. Quería dar más espacio al mar e incluir la sombrilla que tenía cerca, las rocas y los edificios del fondo. Las dos páginas me permitían reunir esa vista en una misma imagen.
Dibujar antes de entrar al color
Empecé con un dibujo a lápiz. Marqué la sombrilla, la línea de la costa y la posición de los edificios antes de aplicar las primeras manchas.
En las últimas salidas había empezado a trabajar así y me estaba funcionando bien. El dibujo es una parte de mi práctica que conozco mejor. Tener esa base me daba seguridad y me permitía concentrarme después en las mezclas, sin tener que resolver al mismo tiempo dónde iba cada cosa.
La escena tenía bastante información, sobre todo en la parte de los edificios. El dibujo me ayudó a mantener el orden y a decidir qué necesitaba quedar más definido y qué podía resolver con unas pocas manchas.
Una panorámica de Almuñécar en acuarela
La sombrilla quedó a la izquierda, cerca de la mirada. Desde allí, el agua recorre las dos páginas hasta encontrarse con las rocas y la costa construida. Me gustó poder trabajar esa continuidad dentro de un cuaderno tan pequeño.
Fui añadiendo los azules y verdes del mar, los tonos más cálidos de la costa y las sombras. Algunas relaciones del agua empezaron a aparecer con menos esfuerzo que en las primeras acuarelas del mes. Podía reconocer mejor qué mezcla necesitaba y cuándo una zona ya tenía suficiente.
Eso fue lo que más disfruté de esta pieza. El dibujo sostenía la escena y me dejaba más libertad para trabajar el color. Había partes que podía resolver sin insistir tanto.
En los edificios quedaron pequeñas marcas de ventanas, balcones y sombras. En el agua, las variaciones de tono bastaban para sugerir los cambios que estaba viendo. La panorámica se fue completando con esos distintos niveles de detalle.
Un cuaderno que quiero seguir llevando
Durante agosto había pintado en varios días de playa. La facilidad de llevar todo en una cartuchera pequeña me permitió repetirlo sin preparar una salida larga ni apartarme durante horas del día compartido con mi familia.
Al mirar esta última acuarela junto a las anteriores, noto una diferencia. Fui encontrando una forma de trabajar que me resultaba más cómoda: observar, dibujar lo necesario y después entrar al color con una estructura clara.
Este cuaderno forma parte de mi Laboratorio de Campo. Guarda ejercicios, pruebas y recuerdos de los lugares donde me detuve a pintar. También me permite ver avances pequeños que, de una jornada a otra, quizá no había notado tanto.
Me gustaría seguir llevando una libreta así durante el año. Ese día terminaron las vacaciones, pero me quedaron ganas de seguir llenando páginas.