El 12 de octubre de 2026 salí con ganas de pintar. Me llevé las acuarelas y un papel de 21 × 14 centímetros, un formato distinto al que había utilizado en las salidas de agosto. Quería llevar poco material y dedicar un rato a trabajar frente al paisaje.
Subí desde la zona del Paseo de los Tristes hasta encontrar un punto, en el entorno de la Alhambra, desde el que podía ver el Albaicín. Me senté y pinté aproximadamente de dos a tres de la tarde.
Tenía delante tejados, fachadas, árboles y construcciones que se iban acumulando por la ladera. La vista me interesaba por la luz y por la posibilidad de ordenar todos esos planos en una acuarela pequeña.
Empezar por lo que conozco: el dibujo
Comencé dibujando la perspectiva y las construcciones principales. Es una parte del proceso en la que me siento más seguro y que me ayuda a organizar lo que veo.
Planteé el tejado cercano, las fachadas y los planos que iban subiendo hacia el fondo. Con esa base podía empezar a poner color sin perder la relación entre unas zonas y otras.
En una vista como esta hay muchísima información. Intentar recoger cada ventana o cada edificio habría sido demasiado para el formato y el tiempo que tenía. Me concentré en las formas que me ayudaban a reconocer el lugar: los tejados, las fachadas claras y los cipreses entre las casas.
Trabajar la luz con agua y color
Con el óleo tengo más resueltas algunas decisiones. Puedo cubrir una zona, volver sobre ella o recuperar una luz con pintura clara. Con la acuarela todavía estoy aprendiendo cómo conseguir ciertos efectos y cuánto puedo intervenir sin perder la transparencia.
Fui incorporando el azul del cielo, los rojizos de los tejados, la vegetación y las sombras. Me interesaba trasladar los tonos de aquella tarde dejando partes del papel sin cubrir.
El dibujo me daba una estructura, pero el color me pedía otra forma de trabajar. Tenía que prestar atención al agua y decidir qué zonas necesitaban intensidad y cuáles podían conservar la claridad del papel.
Algunas de esas zonas claras ayudaban a construir la luz de las fachadas. Otras quedaron menos desarrolladas por el tiempo disponible. Ambas forman parte de cómo terminó la acuarela.
Pintar mientras la gente pasa
Durante la sesión pasaron varios grupos de turistas que se detenían a mirar y fotografiar el Albaicín. Muchos eran franceses. Yo seguía con la pintura y, cuando se marchaban, les decía «au revoir», aunque no hablo francés.
Fue una parte sencilla y simpática de aquella hora: estar concentrado en el papel y compartir, por momentos, la misma vista con otras personas.
Dejar la acuarela como quedó allí
Terminé la acuarela en el lugar y no hice retoques después. Quise conservar el estado al que había llegado durante esa hora, con las partes más trabajadas y las que quedaron abiertas.
Me gustó pintar esta vista. Dar forma con acuarela a tantos tonos y planos arquitectónicos tiene su dificultad, y es algo que quiero seguir practicando.
De esta salida me llevo una pregunta concreta: cómo apoyarme en el dibujo y, al mismo tiempo, dar más espacio a las transparencias y a las mezclas sobre el papel. La próxima vez quiero probar a simplificar las líneas iniciales y observar qué puedo resolver directamente con el color.
Esta acuarela del Albaicín queda como registro de esa práctica: una hora frente al paisaje, buscando cómo trabajar la luz con un medio que todavía estoy conociendo.