Hoy salí de casa sin planificar demasiado.
Metí las acuarelas, los pinceles y un cuaderno pequeño. Quería sentarme en algún lugar y pintar lo que apareciera, sin convertirlo en un ejercicio demasiado pensado.
Al principio me sentí incómodo. Estaba en el suelo, expuesto, con esa sensación de que la gente podía verme. Volvió la respiración fuerte y la incomodidad de no saber muy bien dónde poner el cuerpo.

Pero me quedé.
Pinté el puente, el agua, las sombras y algunas masas de color. Noté que cuando intentaba cerrar demasiado pronto, la imagen perdía aire. En cambio, cuando trabajaba por bloques —una sombra, una línea, una masa oscura— el dibujo empezaba a sostenerse mejor.
Todavía no me siento experto con la acuarela. A veces voy a tientas. Pero justamente eso me interesa: el material no me deja controlarlo todo.
Luego pinté rápido a un chico sentado sin camisa. Fue un apunte breve, casi inmediato. Me gustó porque apareció algo que conecta con mi búsqueda: un cuerpo cotidiano, sin pose, habitando un espacio público.




Hoy entendí que pintar fuera no es solo pintar paisajes.
Puede ser una forma de mirar el campo, de estudiar cómo respira un lugar y cómo aparece un cuerpo dentro de él.
Salí, me senté en el suelo, sostuve la incomodidad y pinté.
Por ahora, eso basta.