El primer ejercicio del Laboratorio de rostros partió de una emoción concreta: deseo reprimido.

No quería trabajarlo desde lo sexual ni desde una expresión evidente. Me interesaba más ese punto en el que hay un impulso presente, pero algo lo detiene. Una emoción que existe, pero no se permite salir del todo.
Elegí como referencia un rostro masculino en un ascensor, de la película Far From Heaven. Había algo en esa imagen que me interesaba: una expresión opaca, una mandíbula rígida, una tensión contenida que no necesitaba explicarse demasiado.
Antes de empezar decidí aislar el rostro. No quería una escena, ni una narrativa alrededor. Quería concentrarme en una sola presencia. También decidí prestar atención a la zona inferior del rostro: la boca, la mandíbula, esa parte donde muchas veces el cuerpo empieza a cerrar lo que no puede decir.
Mi intención era evitar la dramatización.
No quería empujar la emoción hasta volverla evidente.

Pero durante el proceso apareció justo eso: el impulso de hacer que se entendiera más.
Mientras dibujaba, sentí una necesidad constante de definir. Sobre todo en los ojos. El ojo izquierdo se volvió una zona de resistencia. Intentaba sostener una mirada ambigua, pero al mismo tiempo quería que “funcionara”, que se viera clara, que dijera algo.
Ahí apareció el conflicto real del ejercicio.

Pensaba que estaba trabajando sobre el deseo reprimido del rostro, pero en realidad estaba encontrándome con mi propia dificultad para dejar una emoción incompleta dentro del dibujo.
La mandíbula sí contenía tensión.
Pero la mayor tensión estaba en mi necesidad de resolver.
Al terminar, el dibujo se desplazó. Ya no hablaba solamente de deseo reprimido. Había algo más duro: control, rigidez, una especie de negación activa. Como si el deseo, en lugar de quedarse suspendido, se hubiera transformado en estructura.
Eso me dejó una pregunta importante:
¿qué pasa cuando intento aclarar demasiado una emoción que necesita permanecer opaca?
El resultado me produjo una sensación corporal de alivio, como una descarga pequeña. También hubo una identificación parcial con el gesto. No del todo, pero sí lo suficiente para reconocer algo propio ahí: cierta forma de contener, de endurecer, de cerrar antes de permitir que algo quede abierto.
Este primer ejercicio me mostró algo que probablemente vuelva a aparecer: mi tendencia a clarificar lo ambiguo.
A querer que los ojos se vean.
A resolver el punto focal.
A endurecer donde hay duda.
Y quizás esa sea la verdadera materia de este laboratorio.
No solo aprender a dibujar mejor un rostro, sino aprender a mirar qué hago cuando una emoción no quiere definirse.

La pregunta que queda abierta para la próxima sesión es sencilla, pero difícil:
¿Puedo permitir que una emoción quede incompleta en el dibujo?
Tal vez el dibujo no estaba intentando mostrar deseo.
Tal vez estaba mostrando lo que hago para contenerlo.